miércoles, mayo 16, 2012

Glorias olímpicas: Ulrike Meyfarth


Con su 1,88 de estatura, en la escuela era la más alta de la clase. Cuando quiso ir a clases de baile, su madre estaba llena de miedo, porque la muchacha no iba a encontrar un compañero más alto. Decía Ulrike Meyfarth que ése fue uno de los motivos para dedicarse al deporte. En vez de las fiestas y el ligue, eligió las pistas. Pronto, muy pronto, destacó en ellas.

A los 15 años ya era subcampeona de Alemania Occidental en salto de altura y a los 16 tuvo su primera participación olímpica. Lo hizo de local, en Munich 1972. Su marca personal era de 1.85 metros pero, apoyada por el público y ayudada por el hecho de ser una de las pocas saltadoras que había adoptado el todavía novedoso estilo Fosbury, sorprendió al mundo, logró lo que se creía imposible.

Meyfarth saltó 1.92 m., derrotó a la austriaca Gosenbauer y a la búlgara Blagoyeva, que utilizaban el estilo tradicional de rodado, superó su marca personal en 7 centímetros, estableció un récord mundial, se convirtió de golpe y porrazo en la campeona más joven en la historia del atletismo olímpico y en la consentida nacional. Todo ello, unas horas antes de la matanza de Septiembre Negro, que enlutó y marcó de sangre aquellos Juegos.

Años después, la alemana confesaría que no estaba preparada conscientemente para una victoria de ese tamaño, y que por eso necesitó los años siguientes para asimilarlo. Para plantárselo en la cabeza.

Por una década entera parecía que Meyfarth sería flor de un día. One hit wonder. No llegó a la final de salto de altura en los juegos de Montreal 1976; no compitió en los de Moscú 1980, por el boicot de su país, aunque igual no habría alcanzado siquiera lugar en la selección germana.

Pero Ulrike no había abandonado el deporte. Era, como ella decía, sobre todo un problema de mentalización. Hay que estar convencidos de que se puede superar la barra, al menos en la cabeza. Así, en 1982, ganó el campeonato europeo, e impuso un nuevo récord mundial en 2.02 m. Al año siguiente, vuelve a romperlo en los Mundiales de Helsinki, pero ese récord es efímero y Meyfarth se tiene que conformar con la plata, tras la victoria de la soviética Tamara Bykova.

Llega la cita olímpica de Los Ángeles 1984. Bykova no asiste por el boicot soviético. Meyfarth ha perfeccionado su concentración y puede desconectarse de las influencias externas acústicas y visuales. En gran duelo derrota a la campeona olímpica reinante, Sara Simeoni, al superar la barra colocada a 2.02 metros de altura.

Es su segunda medalla olímpica dorada. Pasaron 12 años de cuando ganó la primera. En 1972 había sido la más joven atleta en llevarse los laureles. En 1984, es la más vieja saltadora de altura de la historia en ganar el título olímpico.

miércoles, mayo 09, 2012

Biopics: De campaña con Arnoldo


Además de organizar los foros temáticos de la campaña de Martínez Verdugo a la Presidencia de la República, me tocó acompañarlo en otra ocasión, a una gira de fin de semana realizada en el estado de Morelos.
 
Salimos de la ciudad de México en el autobús El Socialista –los periodistas iban en El Machete-, que estaba muy bien acondicionado como oficina rodante. Mi tarea principal sería elaborar los discursos que daría Arnoldo. En el camino, me la pasé comentando y machacando mi idea de “austeridad soberana”: sería irresponsable que el partido y su candidato prometieran cosas incumplibles, aun a sabiendas de que no íbamos a ganar; la crisis en la que nos había metido el gobierno de López Portillo no aguantaba una política de expansión desordenada, ni mucho menos crecimiento del Estado, sino que era necesaria una distribución de los recursos escasos con sentido nacional y popular. Cambiar los usos de las divisas que llegaban al país y el sentido del gasto, pero no a través de un aumento. Arnoldo escuchaba y comentaba. Varios otros, entre los que estaba Rolando Cordera, agregaron elementos a la conversación. Me dio la impresión de que Martínez Verdugo era un hombre inteligente y abierto. Horas después lo comenté con Rolando: “Es de verdad el mejor de los candidatos”. Cordera asintió con una sonrisa: “También estoy convencido de eso”, me dijo.

Llegando a los linderos del DF con Morelos, nos recibió una caravana de compañeros del partido. Con ellos fuimos a un ejido, cuyo nombre ya no recuerdo, que era bastión del PSUM. Lo que recuerdo perfectamente es lo chinita que se me puso la piel al bajar del autobús adornado con el escudo de la hoz y el martillo, y escuchar los cohetes chifladores que festejaban la llegada del candidato, segundos antes de que la banda del pueblo entonara la Marcha de Zacatecas. El país estaba cambiando, abandonaba los años grises del partido único, y se abría lentamente a la izquierda socialista. Yo era parte de ese cambio.

El candidato se echó un discurso improvisado ante la asamblea del pueblo y después emprendimos el camino hacia Cuautla. Martínez Verdugo me pidió dos o tres párrafos acerca de la economía que pretendía el partido y los introdujo en un discurso político general. El mitin, con unas 400 personas, fue en el kiosko del centro y de ahí partió una breve y calurosa marcha hacia no sé donde.

En la ruta hacia Cuernavaca, Arnoldo me pidió que preparara un discurso acerca de religión y socialismo.Su idea era recuperar la extraordinaria experiencia social vivida en la capital morelense cuando don Sergio Méndez Arceo era el arzobispo. El “pueblo rechazado” al que hacía referencia Leñero, con las experiencia de Ivan Illich, Erich Fromm y otros pensadores cristianos progresistas que habían contribuido a un experimento pastoral-social en ese estado.

En la noche, en los jardines del hotel, escribí frenéticamente a máquina. El concepto (claramente tomado de la idea del Compromiso Histórico italiano) era la necesaria unidad del pueblo cristiano y el pueblo socialista en función de sus intereses comunes. Revisé el texto con Arnoldo, quien le hizo un par de precisiones y le agregó algunas ideas que él quería decir.  

Al mitin, en la alameda de Cuernavaca, asistieron unas dos mil personas, según mis cálculos –tal vez optimistas- y tuve la impresión de que no escucharon con atención las palabras de Arnoldo. Habían llegado para aplaudir y apoyar. Sin embargo, la prensa lo recogió con mucho interés. Entendí entonces que los medios eran los principales destinatarios de ese discurso.

miércoles, mayo 02, 2012

Leyendas olímpicas: Alexander Popov


El más grande exponente de la escuela soviética de natación jamás ganó una medalla olímpica para la URSS. Su máximo logro, sin embargo, fue reponerse a una trastada que le jugó el destino, disfrazado de vendedor ambulante de sandías.

Popov fue el discípulo predilecto del famoso entrenador Gennadi Touretski, quien lo convirtió en crolista y con el que desarrolló un estilo de brazada que lo hizo famoso, porque no crea olas. Un nadador explosivo, se hizo del oro en los 50 y en los 100 metros en los Juegos Olímpicos de Barcelona, 1992, compitiendo para el Equipo Unificado, que aglutinaba a todas la ex repúblicas soviéticas, salvo los países bálticos. En esos juegos también obtuvo dos medallas de plata, en el relevo libre 4 x 100 y en el relevo combinado, en la misma distancia.

En Atlanta 1996, ya compitiendo para Rusia, Popov repitió la hazaña, frente a rivales diferentes. Doblete de oro individual en las distancias cortas por dos olimpiadas consecutivas: algo nunca visto desde los tiempos de Weissmuller, años veinte. Doblete de plata en los relevos.

En agosto del 96, tres semanas después de su triunfo en Atlanta, llegó para Popov su cita dramática con el destino. Salía de una fiesta de cumpleaños con unos amigos en Moscú y uno de ellos se puso a discutir con unos vendedores ambulantes de origen azerí. Estos hieren al amigo y molestan a la muchacha que los acompañaba, una nadadora, Daria "Dasha" Shmeleva. Popov sale en defensa de sus compañeros y un vendedor le clava en el abdomen la navaja con la que cortaba las sandías. La cuchilla rasgó una de sus arterias, rozó el riñón y dañó la pleura, la membrana que protege los pulmones. El multicampeón olímpico pasó 17 días en el hospital y estuvo “grave e inestable” los primeros. Salió pesando siete kilos menos, con 15 centímetros de cicatriz, desde el esternón hasta donde inicia el traje de baño. Su vida no sería la misma.

Meses después, y no sin miedo –según confesó- Popov volvió a las albercas. Sólo pudo entrenar hasta abril del año siguiente. Lo hizo después de hacerse bautizar en la iglesia ortodoxa rusa y después de casarse con Dasha. Dio un nuevo giro a su estilo: “He experimentado con fuerzas muy interesantes en el agua, que desconocía; ahora es diferente la manera en la que el agua pasa por mi cuerpo, la forma en que me deslizo”.
Así, llegó a los campeonatos europeos de Sevilla del 97. Ganó sus dos acostumbrados. En el mundial de Perth 98, se llevó un oro, una plata y un bronce.

Popov estaba de vuelta. Lo demostró en los juegos de Sydney 2000: Se tuvo que conformar con el sexto lugar en los 50 metros libres, pero se colgó la medalla de plata en los 100, la más apreciada de su trayectoria. Los pulmones le dieron todavía para dos oros mundiales en Barcelona 2003. Llegó, a los 33 años, a los juegos de Atenas 2004. Pero no calificó a la final, y entonces anunció su retiro.  

martes, mayo 01, 2012

Pocos y discretos


Mexicanos en GL. Abril 2012

Hace casi una década que no había tan pocos peloteros mexicanos en Grandes Ligas al inicio de la temporada. Las lesiones de Jorge De la Rosa (regresará en junio, tras un año de ausencia) y Joakim Soria (quien tuvo que someterse por segunda vez en su carrera a una cirugía Tommy John y estará fuera toda la temporada) se suman a que Jorge Cantú perdió ante Boby Abreu la batalla por el último puesto en el roster de los Angelinos, Ramiro Peña tampoco hizo el equipo con los Yanquis y no hay ningún debutante nacional.
Además de eso, los nuestros han estado discretos. Unos cuantos destellos, pero todavía no le sacan lustre al diamante. Baste decir que el único que ha estado por encima de las expectativas ha sido el mochiteco Luis Ignacio Ayala, relevista intermedio de los Orioles, para darnos cuenta de la mediocridad del mes.

Aquí, el desempeño del contingente nacional, de acuerdo con lo realizado en la temporada (como siempre, se incluyen los mexico-americanos que estuvieron en el equipo de México en el Clásico Mundial).

Jaime García está lanzando bien. Su engañosa recta le permite despachar rápido a los bateadores (economía de lanzamientos) y espaciar los hits en contra. El zurdo de Reynosa tuvo 5 aperturas con los Cardenales durante el mes; 4 de ellas fueron de calidad. Su marca 2 ganados, 1 perdido, 20 ponches, un muy buen 2.78 carreras limpias admitidas por cada nueve innings lanzados y WHIP de 1.42 (que significa que se le embasan mucho para las pocas carreras que logran anotar).

Adrián González empezó 2012 con menos potencia de la que acostumbra. El mal inicio de los Medias Rojas se debió a su cuerpo de lanzadores, pero el Titán ha aportado menos de lo esperado a la fuerte ofensiva bostoniana. Batea para .271 con apenas dos jonrones, 5 dobletes y 15 impulsadas. Su fildeo, como siempre, elegante y efectivo.

Luis Ayala vive un renacimiento, y se parece cada vez más al que brilló con Expos y Nationals (y que tuvo un buen 2011 con los Yanquis). Ahora con Baltimore, sigue usando con maestría su cambio de velocidad, en el relevo intermedio. Ha lanzado 9 entradas sin permitir carrera, lo que le ha valido para una victoria, un rescate y 2 ventajas sostenidas (holds).

Yovani Gallardo. A estas alturas, ya conocemos al michocano. Tiene tres salidas excelentes por una mala. En el inicio de temporada, las malas han resultado desastrosas. De cinco apariciones, tres han sido de calidad (en dos de ellas, se fue sin decisión por falta de apoyo ofensivo). En las otras dos lanzó, sumándolas, 5.2 entradas, y recibió 14 carreras. Su marca, por el momento 1-2, 6.08 de efectividad y 27 chocolatotes.

Alfredo Aceves quería ser abridor de los Medias Rojas, pero Bobby Valentine dijo otra cosa: que se dedicara a lo que había hecho muy bien, el relevo largo. Sólo que, al iniciar la temporada, se lesionó el cerrador Andrew Bailey y a su sustituto Mark Melancon le pegaban más fácil que al palo que sostiene la pelota en los entrenamientos infantiles. Así que el Patón terminó como cerrador de los patirrojos. Sus actuaciones han sido, la mayor parte de las veces, de montaña rusa, con resultados mixtos. Marca de 0-1, 5 salvamentos, 2 rescates desperdiciados y un horrendo 10.29 de limpias (producto de las dos palizas recibidas).

Marco Estrada inició como relevista intermedio con los Cerveceros de Milwaukee, su buen desempeño lo convirtió en el quinto abridor. De sus dos aperturas, una fue de calidad, pero se fue sin decisión, y perdió la otra: 0-1, 3.71 de limpias y un hold.

Fernando Salas hace rato perdió la plaza de cerrador de los Cardenales de San Luis. Por lo hecho en el año, está lejos de recuperarla: 0-1 y 4.50 de PCL como relevista intermedio.

Luis Mendoza. El lanzador veracruzano se hizo de un lugar en la rotación de los débiles Reales de Kansas City. Ninguna de sus 4 salidas ha sido de calidad (pero sólo admitió una carrera en 5.2 entradas, duelo que perdió). Tiene marca de 1-2 y 6.00 de efectividad.

Rodrigo López. El veterano mexiquense apareció al relevo en cuatro partidos, con los Cachorros de Chicago, antes de ser bajado a AAA. Su marca: 0-1, 5.68 de PCL.

Scott Hairston.  El menor de los Hairston Arellano ha visto acción en aproximadamente la mitad de los partidos, cubriendo los jardines para los Mets. Batea para .244 con 2 cuadrangulares y 7 impulsadas.

Jerry Hairston Jr.  ahora está con los Dodgers. El utility batea para .200, con un robo de base. No ha producido carrera

Rod Barajas  está a punto de perder la titularidad en la receptoría de los Piratas. Batea apenas .143, y no ha remolcado carreras.

miércoles, abril 25, 2012

Tres Lindas Cubanas (y dos visiones)



Hace unos días leí Tres Lindas Cubanas, un texto del escritor mexicano Gonzalo Celorio en el que narra parte de la historia de su familia y aborda su compleja relación con la Revolución Cubana. 

Me lo chuté de un sentón, entre otras cosas porque descubrí que comparto con Celorio dos cosas fundamentales: la pertenencia como mexicano a una familia de origen cubano y un proceso personal que pasa del entusiasmo a la decepción respecto a la revolución encabezada por Fidel Castro.

Pero hay algunas diferencias que quizá explican por qué el libro de Celorio, tan bien escrito, tiene dificultades para hacer correcta y cabalmente las cuentas con el régimen fidelista. Unas tienen que ver con el origen social; otras, supongo, con los lazos no familiares que tejió el autor en sus diferentes viajes a la isla.

La familia de la madre de Celorio proviene de la aristocracia criolla cubana, y él relata con delicia como ella y sus hermanas se hicieron de sus respectivos novios y maridos. La de la mía proviene de la aristocracia obrera. Ya he relatado en este blog cómo se ligaron mi mamá y mi papá, en una casa de huéspedes en Camagüey.

Esto lleva a una diferencia trascendente a la hora de contar la relación familiar con la revolución. Recordemos que –como decía el viejo Marx- la infraestructura determina la superestructura: la clase social de pertenencia influye grandemente en la ideología.


Por ubicación social, la familia Blasco (la de Celorio) tendría que haber estado en contra del proceso, la revolución no era para ellos. En cambio, para la familia Rodríguez, la situación era parcialmente diferente. Mi abuela era viuda de un obrero destacado en la lucha sindical; mi tío Frank, un discapacitado (más aparente que real) que de inmediato obtuvo una pensión y la tía Haydee ya había accedido a la clase media, a través de su matrimonio con el tío Alfredo… que fue miliciano, ocupó fábricas y decidió en 1960 terminar la carrera de abogado que había dejado trunca, para contribuir mejor a la Revolución.

El deterioro en el nivel de vida de los Blasco es evidente y casi inmediato. Proseguirá, infatigable, a lo largo de los años. El del nivel de vida de los Rodríguez también va a la baja, pero de manera intermitente, para terminar desplomándose en los años de economía de guerra.

Vista desde afuera, la decadencia de los aristócratas Blasco puede ser vista como un proceso casi natural. Son la clase derrotada que intenta amurallarse en sus casas solariegas y blasonadas (renegando de la revolución o aceptándola de dientes para afuera, según el caso). Parece casi un acto de justicia, y un poco de eso destila en el texto de Celorio. Hay solidaridad y cariño familiar, pero también la comprensión de que estos personajes improductivos no podían ser sujetos o beneficiarios de una revolución socialista.

En cambio, el deterioro de los proletarios y clasemedieros Rodríguez es menos explicable para el ojo que los mira desde fuera, desde México. Habla, desde el comienzo, de omisiones, contradicciones e ineficiencias de la Revolución, que no da a sus hijos más que los satisfactores estrictamente necesarios –y luego, ni eso-, por mucho que éstos se esfuercen por cumplir con ella, hagan trabajo voluntario, por más que se hayan dedicado en cuerpo y alma a su triunfo y consolidación.

¿Cómo podría yo justificar el hambre que pasó mi abuela en sus últimos años? Un hambre que no tuvo esa esposa de obrero, que fue madre adolescente, ni en los peores momentos de la dictadura de Machado. ¿Revolución proletaria?

Tanto Celorio como yo gozamos de una atalaya privilegiada para observar la situación. Nacer y criarse en México, no en Miami ni en La Habana, da un punto de vista óptimo para no caer en la miopía de unos y otros, para no hundirse en el maniqueísmo de un pueblo enfrentado, para ver a islados y desislados de forma crítica.

Pero puedo presumir que mi atalaya era mejor. No había en México la unanimidad contrarrevolucionaria de la familia de Celorio (sólo rota por él), sino posiciones intermedias y diferenciadas, salvo unos primeros años de radicalismo fidelista, derivado de la militancia en el Partido Revolucionario Ortodoxo y el Movimiento 26 de Julio. Mi padre simpatizó hasta el final de su vida con la Revolución –aunque le hiciera algunas críticas- y mi madre terminó detestándola –aunque siempre se enfrentó con los miamitas-. La familia igual acogía a primos de mi mamá que eran altos funcionarios del régimen que venían de viaje o a sobrinas de mi papá que se quedaron unos meses antes de emigrar definitivamente a Estados Unidos, e incluso a refugiados que no eran ni parientes nuestros.

Tejiendo historias de distintos lados de la trinchera, se podía llegar a una conclusión muy fuerte, que es similar a la que se atisba con elegancia en Tres Lindas Cubanas, pero mucho más radical.

La revolución cubana no solamente degeneró en un Estado policiaco totalitario, en el que la represión política e ideológica se respira en todo momento, con un sistema económico esclerótico, absolutamente incapaz de satisfacer la necesidades de la población, sino que causó también un deterioro moral en el pueblo: la lógica del engaño, de la mentira, del agandalle, del abuso de confianza fue sustituyendo ya no nada más a los valores de solidaridad socialista que se inculcaron en los primeros años del movimiento, sino a otros, más elementales, que tienen que ver con la honestidad, la integridad y la cabalidad. Las condiciones económicas desesperantes orillaron a este cambio, que tardará en recuperarse al menos una generación.

Y el exilio cubano efectivamente se tradujo, en la mayoría de los casos, particularmente entre quienes emigraron ya adultos o viejos, en un amargo desarraigo, en una inacabable nostalgia, en un enorme desencuentro generacional, en un rencor que carcome las almas por dentro.

Hay varios momentos gloriosos en la crónica-relato-viñeta-novela de Celorio. Me quedo con tres. La descripción de la cena pantagruélica que ofreció Fidel Castro a sus invitados en plena época de economía de guerra, y la incapacidad del Comandante en Jefe de quedarse callado, porque es experto hasta en cocina gallega. La  historia de la “casa tomada”  por una familia lumpenizada (“la chusma”, le dicen en Cuba), que pertenecía a la tía que decidió quedarse y el retrato de la bisabuela presidiendo como extraña la vivienda de unos chacas desarrapados. La imagen de su mamá poniendo una mano sobre el dorso, y luego la otra, mientras pronunciaba una frase cubanísima (y vi en ese instante a mi propia madre).

Pero hay también un cierto temor, un cierto pudor, una clara aprensión ante la posibilidad de emitir una condena expresa y explícita hacia lo que se convirtieron ese gobierno y esa esperanza. Es algo explicable –me pasó a mí- cuando tienes familiares allá y piensas en que puede haber represalias, pero no tiene sentido cuando todos los que dejaste en Cuba están muertos y enterrados. Las pocas cosas buenas que sobreviven, a penas, de ese proceso están tan sepultadas como nuestros seres queridos, enterradas bajo una pila de arbitrariedades, burocracia, ineptitud, mala leche y mentiras, una inmensa tonga de mentiras.

Tres Lindas Cubanas hace el duelo por muchos muertos de la familia Blasco, y por algún amigo. Pero no lo hace por la que, en buena medida, presidió y determinó sus vidas: la Revolución Cubana.

No sé si Celorio sea incapaz de hacer un duelo correcto por la revolución que quiso y admiró, o si haya preferido ser mesurado para proteger, dentro de lo posible, a sus amigos intelectuales de “la piña”. Yo hice el duelo final junto a mi primo Alfredo, coetáneo de Celorio, en los años noventa; él lloraba a mares, tras confesarme que había llegado a la convicción de que la revolución por la que luchó desde su más temprana adolescencia había fracasado y sus sueños e ideales de juventud se habían hecho añicos.

miércoles, abril 18, 2012

Glorias olímpicas: Carl Lewis


 Carl Lewis fue conocido como “El Hijo del Viento”. En cierto modo era verdad. Su madre compitió en los 80 metros con vallas, en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 y tenía, junto con su padre un club deportivo, en el que el niño Carl y su hermana Carol entrenaron desde pequeños. Creció en el ambiente del atletismo, pero cambió la disciplina de una manera trascendente.

El joven Lewis destacó desde la preparatoria, cuando saltó la distancia de 8.13 metros -increíble para un juvenil- y ya era un velocista estrella. Entrando a la universidad ya tenía claras sus metas: “quiero dedicarme al atletismo, ser millonario y nunca tener un trabajo de verdad”. Hay que decir que las alcanzó, y fue incluso más allá.

A los 19 años, era parte del equipo estadunidense que asistiría a los juegos de Moscú 1980, pero el boicot de Jimmy Carter lo impidió. Dos años después, se acercó peligrosamente al récord mundial de Bob Beamon –aquel inigualable salto en México-, cuando saltó 8.76. En el Mundial de Atletismo de Helsinki 83, se llevó tres oros: salto de longitud (8.56 m.), 100 metros planos (9.93 s.) y relevo 4 x 100.

Su primera cita olímpica fue en Los Ángeles 1984, sin la presencia de las naciones socialistas. Antes de los juegos declaró que quería emular los logros de Jesse Owens, el atleta afroamericano que humilló a la Alemania nazi al ganar cuatro medallas de oro en Berlín: longitud, 100, 200 y 4 x100. Ahora el propósito era distinto: obtener buenos contratos de publicidad después de la hazaña. Lo hizo con cierta facilidad, estableciendo récord olímpico en los 200 metros y mundial en el relevo.

Sin embargo, los grandes contratos no llegaron de inmediato. ¿Las razones? Por un lado, el estilo altanero de Lewis –que luego patentaron los velocistas afroamericanos de EU-; por el otro, la impresión entre los publicistas de que era demasiado fino, de que estaba demasiado acicalado. “Si eres un atleta masculino, el público quiere que parezcas macho”, declaró un representante de Nike.

El Hijo del Viento repitió sus tres oros en los Mundiales de Roma de 1987. Enterró a su papá con la medalla de oro de 100 metros planos que había ganado en Los Ángeles (“no te preocupes, conseguiré otra”, habría dicho) y se lanzó a competir en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988. Allí ganó con facilidad el oro en salto de longitud y se enfrascó en una final histórica de 100 metros. La carrera fue ganada fácilmente por el canadiense Ben Johnson, con un récord mundial impresionante: 9.76 s., pero Johnson fue descalificado por uso de esteroides, y el oro terminó en manos de Lewis, quien también obtendría plata en los 200 metros. El mal manejo de la estafeta dejó fuera del podio al relevo 4 x 100 de Estados Unidos: la primera de muchas veces que esto sucedería.

En los Mundiales de Tokio 1991, Lewis obtuvo oro en los 100 planos y en el relevo, y se tuvo que conformar con la plata en el salto largo, el día en que tanto él como Mike Powell rompieron el récord mundial de Bob Beamon: sólo que Lewis saltó 8.91 y Powell, 8.95. El Hijo del Viento, fiel a su estilo, declaró que su rival había realizado “el mejor salto de su vida, y nunca más lo volverá a hacer”. Powell volvió a superar la marca de 8.90 (aunque ayudado por el viento); Lewis no lo hizo nunca más.

En Barcelona 1992, Lewis derrotó apretadamente a su archirrival Powell en el salto de longitud y se llevó el oro en el relevo 4 x 100, pero no pudo siquiera calificar como parte del equipo de EU en 100 y 200 metros planos.

Pasaría otro Mundial (Stuttgart 1993), en que Lewis alcanzaría apenas un bronce en los 200 metros, antes de la última cita olímpica de este superestrella: Atlanta 1996. Allí ganó, por cuartos juegos consecutivos, la medalla de oro en el salto de longitud. Era, además, su noveno oro olímpico. Lewis insistió ante los medios que quería romper esa marca y pedía que lo incluyeran en el relevo 4 x 100, al que no había calificado. Nadie del equipo quiso ceder su lugar y dejar que El Hijo del Viento ocupará un lugar en solitario en el Olímpo deportivo. Tal vez en pago a la actitud arrogante e individualista que siempre lo acompañó.

Más allá de la simpatía o la personalidad, Carl Lewis fue el más grande velocista del siglo XX y uno de los pocos que alcanzó la gloria tanto en la pista como en el campo.